TRAS LOS MUROS
Tras de los muros. La leyenda de Buda.
La vida del príncipe Shidarta no podía ser más placentera. Corría el siglo VI
antes de Cristo y en las hermosas montañas del Nepal se alzaba majestuoso el
bellísimo palacio de la familia del príncipe Shidarta. Rodeado de frondosos
bosques, tranquilos lagos y verdes prados, el palacio era una filigrana
arquitectónica deliciosa cargado de caprichos delicados: baños de agua caliente,
bodegas de vinos aromáticos, salas de juegos y recreo, observatorio
astronómico, grandes cocinas en las que se preparaban platos sustanciosos y
pasteles sabrosísimos. Todo, absolutamente todo, estaba a disposición del joven
príncipe Shidarta. De las más remotas tierras del Tibet habían llegado afamados
profesores de lectura, escritura y arte marciales para ejercer de preceptores
del futuro rey. Incluso un ramillete de hermosas adolescentes estaban
preparadas para seducir a Shidarta y mostrarle las más refinadas artes
amatorias de Oriente.
Todo un palacio para un joven. Todo un ejército de sirvientes para hacer de su
vida una delicia permanente. Cualquier deseo de Shidarta -por extraño que
fuese- se convertía en una orden para los abnegados lacayos. Nada que el
prícipe deseara dejaba de *****plirse; si quería un pastel a medianoche, si
quería un baño de agua templada en el más duro invierno, si deseaba navegar en
barca en la madrugada... todo era inmediatamente dispuesto para no contrariar
al joven príncipe. Los preceptores sólo impartían sus clase cuando el príncipe
así lo disponía, los cocineros sólo guisaban la comida que el pequeño Shidarta
apetecía. Todo el palacio, sus bosques, sus lagos, sus cascadas y sus parajes
más extraordinarios parecían rendir pleitesía al futuro rey. Todo, excepto los
muros. A varios kilómetros del palacio se extendía -rodeando a éste- un
fabuloso conjunto arquitectónico de altos e infranqueables muros vigilados por
guardias reales. La misión de los guardias no era la de impedir que alguien
entrara desde fuera -cosa del todo improbable- sino vigiliar para que una
persona jamás saliera de dentro. Esa persona era el príncipe. Y es que -según
ordenaba la tradición- el futuro rey no podía salir hasta que *****pliera la
mayoría de edad. Su vida era tan valiosa que debía ser siempre protegida. Había
pues que eliminar cualquier influjo extraño al palacio. Shidarta podía hacer
cuanto deseara dentro de los muros, pero no podía ni tan siquiera mirar lo que
se encontraba fuera.
Conforme el príncipe fue creciendo, el deseo de salir tras de los muros se iba
convirtiendo casi en una obsesión. Tan apenas tenía hambre, nada le apetecía ni
le llenaba...sólo quería salir más allá de los muros. Las cosas que antaño
fueron su delicia y causa de su alegría se le antojaban ahora aburridas y
vacías. Tan sólo la obsesión por salir del palacio alimentaba sus noches de
insomio.
Le costó mucho sobornar a aquel débil guardia para que le dejara salir. El
miedo a que se supiera en palacio que el príncipe estaba huido aterraba al
guardián; pero las monedas de oro que Shidarta depositó calladamente en su mano
y la promesa firme de que con el alba regresaría bastaron para convencer al
guardián que, sigilosamente, le abrió una de las puertas de la muralla.
Shidarta se vio, por primera vez en su vida, fuera de las murallas de palacio.
Le resultaba extraño pero se encontraba raramente seguro de sí mismo. Se
alejaba corriendo en medio de la noche bañada por la luna llena mientras el
corazón le latía con fuerza ávido, como estaba, de nuevos descubrimientos. El
reflejo plateado de la luna sumergía a la noche en un halo mágico. Lo
desconocido del terreno salpicado de luna hacían que cada paso fuera un
descubrimiento para Shidarta; todo era desconocido y fantástico; todo, mágico y
hermoso; todo, incluso el cuerpo de aquel mendigo que dormitaba en medio del
camino y a quien casi arrolló el príncipe.
-¿Quién eres? -dijo el mendigo- me has despertado.
-Soy el príncipe Shidarta Gautama- contestó asustado el joven.
El mendigo palideció y, casi instintivamente, se puso de rodillas frente al
joven en señal de sumisión.
-¿Qué estás haciendo aquí? preguntó el príncipe.
-Pido limosna, alteza; No tengo nada y me veo en esta humillación. Ya sé que
voy sucio y mal vestido; pero no tengo otras ropas; sé que mi rostro es
famélico, pero el hambre me ha labrado las arrugas que veis. Sé que soy
desagradable a la vista, pero soy pobre, señor.
El joven príncipe estaba desorientado.
-¿Pobre?...¿qué es pobre?; ¿hambre?...¿qué es hambre?
-El Hambre -contestó el mendigo- es el más terrible de los tormentos. La vida
sin alimento se convierte en una pesadilla. El estómago se rebela indignado,
las piernas se niegan a seguir caminando, los brazos se niegan a seguir
abrazando, los ojos se niegan a seguir viendo, el corazón...
El mendigo estalló en llanto. No pudo continuar. Se sintió avergonzado de
llorar ante un príncipe. Éste lamentó no llevar ningún alimento que darle para
que aplacara sus lágrimas. Shidarta estaba impresionado; nunca había visto lágrimas
en los ojos de un hombre; nunca en su palacio le había faltado la comida ni tan
siquiera a los perros. El primer encuentro tras el muro le había desconcertado.
Hasta entonces había entendido todo lo que ocurría en palacio, pero esta vez no
entendía ni las lágrimas del mendigo ni los acelerados latidos de su propio
corazón. La verdad es que no estaba asustado, simplemente no entendía.
El camino seguía dibujando graciosas formas teñidas de luna; la belleza de
aquella oscuridad plateada le estaba haciendo olvidar aquel extraño encuentro
con el mendigo; la noche era una grande sinfonía de grillos, ramas y aves
diversas. Todo era armonía mientras seguía caminando; todo, menos aquel
desgarrador grito, como un aullido, que salía de una escondida choza. Creyó
-espantado- que era un animal; estaba equivocado, era el grito de un hombre.
El príncipe entró en la choza iluminada por un débil fuego. Un mujer demacrada
estaba sentada en el suelo junto a su hijo, que se encontraba tumbado en
tierra, tapado con una sucia manta. Parecía un hombre joven. Todo su cuerpo
estaba temblando. Su rostro dibujaba la mueca terrible de la enfermedad y el
dolor. Shidarta nunca había visto un rostro tan desencajado.
-¿Qué estáis haciendo aquí? -preguntó.
-Alteza, mi hijo está muy enfermo. La fiebre se ha apoderado de él y está
sufriendo mucho. Hace unos días todavía podía hablar, pero hoy la enfermedad le
impide prácticamente articular cualquier palabra.
El muchacho iba gimiendo en el suelo mientras se iba moviendo convulsivamente.
En uno de esos movimientos lanzó su mano hacia el príncipe y le sujetó el
brazo.
El joven Shidarta se asustó.
-¿Qué haces?...¿qué quieres de mí?
Los ojos desorbitados del enfermo se clavaron en la mirada del príncipe.
-Siento dolor...mucho dolor- dijo casi imperceptiblemente.
-Ha hablado, alteza, os ha hablado -dijo la madre.
Shidarta no sabía qué responder. A decir verdad no sabía si le habían
preguntado algo. No sabía ni tan siquiera que hacía allí.
-¿Dolor? -dijo tembloroso- ...¿qué es dolor?
-Dolor -respondió la madre- es la más terrible sensación que se incrusta en la
carne. Es el sufrimiento que te lleva a maldecir la vida, es el ansia de querer
prescindir de parte de ti. Es el tormento maligno instalado en tu casa más
cercana, tu cuerpo. Es el tributo a la condición humana...
Shidarta se estaba mareando. era una sensación que jamás había sentido. Sólo
una vez -recordaba- cuando tras una comida bebió varios vasos de un néctar
dulce y sabroso había sentido algo semejante. Pero aquel día su preceptor le
explicó que aquel néctar contenía alcoholes traicioneros que, bajo apariencias
sabrosas, escondían traicioneros peligros cuando de él se abusaba.
La luna iluminaba, ya más suavemente, el camino que serpenteaba ante los ojos
del príncipe que seguía corriendo. La huida tras de los muros no estaba
respondiendo a lo que él tantas noches había imaginado. Pensaba ahora, mientras
corría, qué debían estar haciendo en palacio; seguramente estarían casi todos
plácidamente durmiendo. Pronto se levantarían los cocineros para comenzar a
preparar los manjares del príncipe. Seguramente la temperatura era más
agradable que en medio del camino, puesto que estaba empezando a sentir frío.
Absorto en medio de estos pensamientos casi no se dio cuenta de las antorchas
que se le acercaban en medio de grandes gritos y sollozos.
Era un cortejo fúnebre. Las plañideras gritaban escandalosamente manifestando
dolor por la muerte y solidaridad con la familia del difunto. Seis jóvenes
llevaban la camilla con el cadáver tapado con una sábana. Tras de ella, la
familia bañada en lágrimas seguía en silencio. Al ver al príncipe, el cortejo
se detuvo.
-¿Quiénes sois? ¿qué hacéis? ¿dónde vais a estas horas? -preguntó cada vez más
desconcertado.
-Vamos al pueblo de mis antepasados, alteza.-contestó un hombre de pocos
cabellos- allí haremos una pira para entregar a los dioses el espíritu de
nuestra difunta hija. Murió ayer, al caer de un árbol en el que jugaba.
Shidarta levanto tembloroso la sábana que cubría el cadáver. El hermoso y
pálido rostro de una niña se le presentó a sus ojos.
-Es muy hermosa - dijo el príncipe- ¿cuántos años tiene?.
-Tenía doce años -contestó el padre.
Shidarta tenía muchas preguntas.
-¿Por qué no habla?, ¿por qué no sonríe?, ¿por qué no se mueve?
Nadie contestó.
-¿Tiene hambre?...¿tiene dolor?
-No -dijo el padre de la niña- Somos nosotros los que tenemos dolor.
-Pero...no estáis enfermos.
-No. Es otra clase de dolor. El más terrible de todos, el que produce la muerte
de los seres amados.
-¿Y ella? -insistió el príncipe- ¿no tiene ese dolor?
-No puede -respondió serenamente el padre- está muerta.
-¿Muerta?...¿qué es muerta? ¿por qué si es ella la que ha muerto el dolor lo
tienes tú?
-La muerte es así de extraña- contestó.
-Pero -palideció el príncipe- ¿qué es la muerte?
...
Apenas llegaron los primeros rayos del sol del amanecer a acariciar el palacio,
el guardia abrió la puerta al joven príncipe. En los jardines todo era
igual...la misma paz, la misma monotonía, los mismos sonidos... Sólo el corazón
de Shidarta había cambiado.
Al cabo de pocos años, cuando el príncipe fue mayor de edad, renunció al trono
con gran sorpresa de todos, se vistió de harapos y abandonó el palacio para
siempre. Desde entones dedicó toda su vida a encontrarse a sí mismo y a luchar
para combatir desde la serenidad el dolor de todos aquellos hombres y mujeres
que se encontrara en su camino.
Cuando murió, al príncipe Shidarta Gautana todos cuantos le conocían le
llamaban Buda, el iluminado. Era el siglo VI antes de Jesucristo. Hoy su
influencia llega a millones de seres humanos que -como el joven príncipe-
deciden explorar lo que hay tras de sus propios muros.
(Inspirado en la leyenda de la vida de Buda)
Extraído del libro TRAS LOS MUROS de Josan Montull. Editorial CCS Madrid 1998.