LA MAQUINITA SEXI.

Me volví a acordar de Paquito. Ya casi me había olvidado de él, pero el otro día la frágil figura de Paquito me vino a la cabeza. Lo recordé en un bar cercano a la estación. Faltaba más de una hora para que el tren me llevara de regreso a casa y entré en una cafetería próxima. No había mucha gente. Pedí un café y fui a la máquina expendedora de tabaco para sacar un paquete de cigarrillos. Eché las monedas y me dio la sensación de que no funcionaba. Claro, me dije, ahora hay que avisar para que con un mando a distancia la pongan en marcha. El caso es que no había ya nadie en la barra y me tuve que esperar. Entonces oí un fuerte mecaaaguen tu padre que me asustó. Era un hombre de mediana edad que golpeaba una máquina tragaperras que al parecer no le daba mucha suerte. Llamó a la camarera que salió y le dio cambio de 10 €. Yo aproveché para pedirle a la chica que me pusiera en marcha aquel trasto. Yo, con mi máquina, el colega cabreado, con la suya. Mi expendedora me dio el tabaco con mala educación sin decir su tabaco, gracias, ni nada, pero el señor del tragaperras volvió a levantar la voz, mentando esta vez a la madre que parió a la máquina y volvió a cambiar 10 € más. Me encendí un cigarrillo y la camarera me dijo muy seria Aquí no se puede fumar, caballero, tendrá que ir usted a la otra parte.
Como el cigarro estaba ya encendido, cogí la taza de café y el paquete y, con gran pericia procurando que no se me cayera ni una gota, fui al lugar indicado. La otra parte en cuestión era una especie de pecera en la que varios fumadores recluidos apurábamos nuestros cigarrillos mirándonos con un guiño de complicidad. Desde aquel lugar no se oía lo que pasaba en la cafetería. Pero sí que oímos un golpe seco que nos hizo levantar la mirada. Era el tipo de la tragaperras que, con cara de pocos amigos y mirando a la máquina desafiante, volvió a la barra a cambiar un billete por monedas. Fu entonces cuando me acordé de Paquito.
Paquito era un buen chaval, trabajador desde los 15 años. Buen camarero donde los haya. Simpático, con cara aniñada y eficientísimo servidor. Hay que ver, decía la gente, qué salero tiene este crío cuando te pone un cortao, y que gracioso es el jodido. Todo le iba estupendamente hasta que un día pusieron una maquina tragaperras en su bar. Eran tan graciosas sus bombillitas juguetonas, tan simpática la musiquita, que el pavo picó. Una noche que estaba solo fue a la máquina y le puso una moneda de 20 duritos de los de antes…y luego otros...y otros…y tiempo después, cuando ya no quedaba nadie e iba a cerrar echó unas moneditas y, la muy canalla, cantó. Y sus tripas mecánicas empezaron a vomitar monedas sonoramente. Las lucecitas parpadeaban pizpiretas y la música era más alegre que nunca. No lo podía creer, Paquito, exultante, besó a la máquina y le juró amor eterno. Y aquel día le empezaron todos los males.
En menos de tres meses se gastó todos sus ahorros. Pidió dinero a amigos, le dejaron el dinero y luego dejaron de ser amigos. Su vida se convirtió en un infierno sometido a la seducción de aquella máquina que le dejó solo, le vació los bolsillos, la cuenta corriente y la dignidad.
Un día Paquito desapareció, lo dieron en los periódicos y en la radio. A nadie le extrañó, debía dinero a varias personas que, hartas de no cobrar, le amenazaron. El bueno de Paquito se riló por la pata baja y se borró del mapa. Le encontró la guardia civil a los tres días medio muerto de hambre y de miedo. Varios amiguetes lo trajeron a mi casa para que le echáramos una mano. El tipo debía 450.000 pts y tenía que pagarlas desde hacía días. Nos dejamos engañar. Con varios amigos, gente de buena fe, militantes de base y gente anónima solidaria reunimos la pasta y se la dimos a los que le habían dejado el dinero. Paquito, que al día siguiente se incorporó al trabajo, prometió emocionado que 60.000 pts de su sueldo nos llegarían mensualmente a sus nuevos amigos. Me habéis salvado la vida, nos dijo.
El final, ya lo pueden imaginar, fue como el rosario de la aurora. Al cabo de tres años tuvimos que acudir a abogados y al Juzgado para que aquel dinero fuera devuelto. A Paquito le privaba tanto la musiquita de la máquina que siguió echando por la ranura su dinero y su vida, olvidando sus promesas. Y es que Paquito, como tantos otros ludópatas, no pudo superar su adicción.
Por eso le recordé cuando desde la pecera de los fumadores relegados, observaba atónito cómo aquel hombre iba echando una y otra vez dinero en la tragaperras. Hasta cinco veces más repitió la operación de ir a la barra maldiciendo para cambiar.
Yo veo bien, les aseguro, que nos pongan trabas a los fumadores para evitar que molestemos a los demás y que nos dejemos la salud en cada pitillo. No tengo inconveniente en que nos tengan que conectar vez por vez la máquina expendedora tengamos que ir a fumar a una zona especial…pero no acabo de entender que, siendo tan rigurosos y legalistas en el tema del tabaco, haya tanta impunidad para las máquinas canallas, que crean adición y destrozan tantas vidas. Tampoco entiendo que las Administraciones nacionales o autonómicas autoricen y promuevan bingos, loterías a tutiplén, lotos, bolotos o gililotos que enganchan adictos haciendo que España sea uno de los países del mundo en el que hay más juegos de este tipo. Claro que el Estado saca una pasta gansa con el tema, pero ese puritanismo con el tabaco y esa libertad impune con los juegos de azar me parece, cuando menos, una hipocresía.
Cuando me marché del bar, seguía el tipo de la máquina tentando a la suerte. Lo último que le oí fue que la llamó cariño para luego cagarse en sus muertos.

JOSAN MONTULL