LAS MUJERES
DE JESÚS
Juan Manuel de Prada. EL DOMINICAL del 18 al 24 de Abril del 2010
Todo el Evangelio está regado de pasajes en los que relumbra el trato delicado
y enaltecedor que Jesús brinda a las mujeres; un trato que, sin duda, hubo de
resultar incómodo a sus discípulos –como en varias ocasiones queda reflejado– y
escandaloso a sus contemporáneos. Incomodidad y algo de bochorno sienten los
discípulos, por ejemplo, en la unción de Betania, cuando Jesús permite que
María, la hermana de Lázaro, le derrame sobre los pies una libra de perfume de
nardo; un gesto confiado, de una naturalidad candorosa, que a los ojos severos
de un puritano de la época –de cualquier época, en realidad– podía alimentar
cuchicheos y maledicencias. Y escándalo debieron de sentir sus contemporáneos
cuando Jesús impide que la mujer adúltera sea apedreada, como exigía la ley de
Moisés. En ambos gestos descubrimos una corriente de complicidad que desafía
las convenciones establecidas, un desafío jovial a los usos sociales, una suerte
de alegre desdén hacia todas las cortapisas y escollos que se interponen en la
generosa fluencia entre dos espíritus nobles. Porque lo que más atrae de Jesús
en estos pasajes es su capacidad para descubrir nobleza en donde otros,
entorpecidos por las legañas de los prejuicios, sólo descubren indecencia o
pecado; una nobleza quizá aturullada, quizá arañada por debilidades y
claudicaciones, pero nobleza a fin de cuentas, dispuesta a vindicarse y a
recuperar su sitio.
El diálogo que Jesús mantiene con la samaritana en el pozo de Jacob llena de
perplejidad a sus discípulos. Ahora ya no sólo les ofende que converse con una
mujer a solas, actitud que debía de juzgarse indecorosa, sino que además esa
mujer sea natural de Samaria, la región cuyos habitantes eran execrados por sus
heterodoxias. En ese diálogo, Jesús no evita la ironía piadosa; y la emplea,
además, en un punto en el que la samaritana estaría acostumbrada a recibir las
reconvenciones más agrias y destempladas. «Llama a tu marido», le dice; a lo que
la samaritana responde que no tiene marido. «Bien has dicho –asiente Jesús–;
porque maridos has tenido cinco, y el que ahora tienes no lo es.» La samaritana
debió entonces de abrir los ojos como platos. ¡Aquel extraño sabía que había
sido mujer de cinco maridos y, en lugar de rehuirla como a una apestada,
entablaba amistoso coloquio con ella! Aquí el Evangelio no hace comentario
alguno; pero siempre que leo este pasaje imagino el natural desconcierto que a
la samaritana debió de producirle la ''adivinación'' de Jesús; un desconcierto
que tal vez terminase en sonrisa, al reparar en el rostro afable de Jesús. ¿De
dónde salía aquel tipo que la aceptaba sabiendo lo que era, como si su pasado
no le importara, como si ese pasado hubiese sido fulminantemente borrado por el
agua que le prometía? La samaritana debió de notar entonces la acción
misteriosa de la gracia, que golpea sin desmayo a nuestra puerta, sin
importarle demasiado nuestras debilidades; o, importándole tanto, que a todas
ellas las abraza, con calidez incombustible. E, inevitablemente, tuvo que
sonreír: con pudor, con gratitud, con incalculable alegría.
Pero donde la simpatía franca que Jesús emplea con las mujeres desborda la
medida de lo previsible y alcanza el colmo, para hacerse subversiva, es en la
jornada de su resurrección. El testimonio prestado por mujeres carecía de valor
en aquella época, tanto para la ley mosaica como para el derecho romano; y, sin
embargo, Jesús quiere que sean mujeres quienes anuncien el acontecimiento más
importante de su paso por la tierra, el acontecimiento que justifica la fe que
ha venido a fundar. Fueron, en efecto, mujeres quienes acudieron al sepulcro
vacío, cargadas de bálsamos ya inútiles; fueron mujeres las primeras que lo
vieron resucitado: primero, su madre, de quien sin duda había aprendido a
tratar a las mujeres con franqueza; después,