QUIÉN
MATÓ A JESÚS DE NAZARET?
¿QUIÉN MATO A JESUCRISTO?
Antes de estrenarse en los cines, la última película de Mel Gibson, "La
Pasión de Cristo", ha reavivado un viejo debate que ha tenido graves
consecuencias para la Humanidad. ¿Quién mató, de verdad, a Jesucristo? Para
muchos, la acusación de deicidio contra los judíos provocó el holocausto de los
nazis. Se teme que la bestia dormida antisemita despierte de nuevo. Lo cuenta
José Manuel Vidal en El Mundo.
La Pasión
No se estrena hasta el próximo miércoles de ceniza en Estados Unidos (en España
habrá que esperar hasta el 2 de abril), pero La Pasión de Cristo, de Mel
Gibson, ya atiza las pasiones y amenaza con provocar una polémica mundial. Y
reabrir heridas que costó siglos cerrar.
La película ha levantado ampollas en la comunidad judía mientras los católicos
fundamentalistas la han convertido en su bandera y hablan de ella como de una
misa. El cardenal Castrillón se la recomienda a todos los católicos como un
ejercicio de piedad para esta Semana Santa. Hasta el Papa la vio y dicen que
comentó: «Es como fue».
La película, en versión original aramea y latina, es el relato de las doce
últimas horas de Jesús. Y plasma con toda crudeza y brutalidad las escenas de
su pasión contadas por los Evangelios, a los que sigue al pie de la letra. Con
toda la crudeza de un auto sacramental.
Como una procesión de las nuestras donde se tortura a los penitentes, pero sin
respiro, desde el principio hasta el final. Una carnicería continuada, no apta
para menores, como reconoce el curial americano, John Foley. Dos horas y seis
minutos en los que desfilan, ante los ojos atónitos de los espectadores, tanta
brutalidad que hace cerrar los ojos y puede herir la sensibilidad. Nada que ver
con las películas de Pasolini, Zefirelli, Nicholas Ray, Georges Stevens,
Scorsese o Arcand.
La de Gibson es una película sin concesiones que va a replantear una vieja
pregunta: ¿Quién mató verdaderamente a Jesucristo? Un interrogante que ha
atravesado la Historia de Occidente y, según algunos, desembocó en el
Holocausto.
Una pregunta a la que tratamos de responder con el siguiente informe:
1 ¿POR QUÉ ACUSAN A JESUS?
Se llamaba Jesús de Nazaret. Perteneció a una familia judía sin relieve
social, en una aldea de pocos habitantes y recursos donde todos se conocían por
nombre y apodo.
Trabajó, como su padre, de chapuzas, y un día lo abandonó todo para predicar el
Reino de los Cielos. Fue un rebelde. Un inconformista. Un revolucionario. Viajó
y predicó por todo su país.
Se rodeó de pobres, prostitutas y marginados. Y asustó al poder establecido. Y
se creó muchos enemigos. Y muy poderosos
Su comportamiento, prédicas, amistades y modos de vida resultaron irritantes
para quienes tenían fuerza y poder. Un escándalo.Ni su propia familia le entiende,
y lo toma por loco.
Jesús vive en un ambiente tenso y rodeado de conflictos, pero el que termina
costándole la vida es el que le enfrenta a las autoridades judías de su tiempo.
Y es que, como todo profeta, además de anunciar el Reino, denuncia las injusticias.
Hay un evidente choque de intereses entre las autoridades religiosas judías y
Jesús, que termina haciéndolos enemigos a causa de la ley, del templo y del
dinero.
Los fariseos entienden la Ley de Moisés como el único medio de alcanzar la salvación.
Para Jesús, «el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado».
El Templo de Jerusalén era la institución más importante de Israel.
Representaba la fuente de ingresos más importante de la ciudad y de él vivían
la aristocracia sacerdotal, los clérigos y una multitud de empleados de
distintas categorías. Un auténtico emporio económico y símbolo sagrado, que
recibía las ofrendas y los sacrificios de todos los israelitas. Jesús lo atacó
directamente expulsando con un látigo a los vendedores. Para él, el templo es
«casa de oración» y no plaza de abastos. Desde ese momento deciden acabar con
él.
Y, por último, Jesús se hace enemigos por su crítica constante y mordaz al
dinero y a la riqueza. Para el Nazareno, el dinero no es compatible con Dios.
«No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt. 6, 24). Además, no sólo predica la
pobreza. Es pobre y vive como un pobre.
En definitiva, la doctrina que Jesús predica y vive se distancia tanto de la
interpretación tradicional de los jefes legítimos (sacerdotes) y de los
maestros espirituales (fariseos) que no sólo resulta «blasfema», sino que
dinamita las bases mismas del poder político-religioso. Pone el sistema patas
arriba.
Las autoridades judías no se quedaron de brazos cruzados. Lo despreciaron, lo
calumniaron, lo tacharon de «comilón, borracho, perturbado mental, embaucador»
y lo persiguieron. Y buscaron la manera de quitarse de en medio al profeta de
Galilea como fuese.
Jesús lo sabía. Sabía que corría peligro y, de hecho, tomó precauciones. Pero
uno de los suyos estaba decidido a traicionarlo. Judas, decepcionado porque
Jesús no se comportó como un Mesías político para liberar al pueblo judío del
yugo romano, le entregó con un beso. Por el precio que se pagaba por un
esclavo: 30 denarios de plata.
2 EL JUICIO, PURA COMEDIA
Antes de comenzar el proceso contra Jesús, la sentencia ya estaba dada.
Jesús fue sometido a un doble proceso: uno religioso, antes las autoridades
judías y otro político, ante las romanas.
Arrestado en el Huerto de los Olivos, Jesús es conducido al palacio del Sumo
Sacerdote. Se abre la acusación con la declaración de los testigos comprados,
que se contradicen entre sí.
Entonces se levanta Caifás y le hace la pregunta clave: «¿Eres
tú el Cristo, el Hijo del Bendito?». Y Jesús responde: «Sí, yo soy, y veréis al
Hijo del Hombre sentado a la diestra del Padre y venir entre las nubes del
cielo». Los sanedritas vociferan con los puños en alto y se rasgan las túnicas
ante tamaña blasfemia: «¡Reo es de muerte!».
Una vez condenado a muerte, la ejecución de la sentencia in*****bía a los
romanos, porque sólo ellos tenían el ius gladi, la facultad de dictar pena de
muerte. El proceso político ante el gobernador Poncio Pilato busca ratificar la
decisión del Sanedrín.
Para conseguirlo, las autoridades judías transforman la acusación religiosa de
blasfemia en difamaciones de orden político. Le acusan de ser un libertador
político (Mesías) y de predicar la subversión.
Pilato, un hombre cruel y ambicioso, comete un gran error judicial y condena a
Jesús como subversivo político. La muerte de Jesús fue un asesinato, decretado
por el poder imperial. Por mucho que se haya lavado las manos, Pilato es el
máximo responsable jurídico de la sentencia. Sin su aprobación, la decisión del
Sanedrín no hubiera tenido validez.
3 LA SENTENCIA: MUERTE EN LA CRUZ
A Jesús se le condena a la pena que se aplicaba a los subversivos. La cruz,
como dice Cicerón, es «el más bárbaro y terrible de los castigos». No era
esbelta, como se ve en las imágenes piadosas. Era más bien corta. Los pies del
ajusticiado quedaban a muy poca distancia del suelo.
Entre las piernas tenía el madero una especie de saliente para sostener el
cuerpo, que quedaba así medio sentado. Se trataba con esto de evitar el desplome
del reo hacia abajo.
No por piedad precisamente, sino para prolongar lo más posible el tormento.
Muchos crucificados permanecían días enteros agonizando, rodeados de aves de
rapiña. Las leyes romanas preveían la forma de acelerar la muerte: fracturando
los huesos de las piernas a golpes.
El desgarramiento que se producía en todo el cuerpo provocaba la asfixia final.
Jesús murió muy pronto y no le tuvieron que romper las piernas. El lanzazo del
soldado era una forma de asegurarse que el reo estaba realmente muerto. Como el
tiro de gracia.
Pero, además según la costumbre romana, los condenados a morir crucificados
eran primeramente flagelados sin misericordia y, después, debían llevar a
cuestas el travesaño de la cruz hasta el lugar de la ejecución, donde ya se
encuentra el madero vertical.
La crucifixión era, junto con la hoguera y las fieras, un tipo penal de «muerte
agravada». Los delitos que la conllevaban eran muy pocos: magia con resultado
de muerte, parricidio, incendio de templos y, sobre todo, laesa maiestas populi
romani, es decir delito contra la seguridad del Estado.
En tiempos de paz, la mors aggravata fue aplicada en contadas ocasiones a
ciudadanos libres, hasta el punto de que los organizadores de espectáculos
circenses andaban angustiosamente escasos de carnaza humana para sus fieras.
Jesús permaneció en la cruz desde mediodía hasta las tres de la tarde. «Dios
mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», fueron sus últimas palabras. El
llamado Hijo de Dios murió en la oscuridad de una crisis de fe.
Ni el velo del Templo se rasgó ni hubo terremotos ni se oscureció el sol. Son
imágenes evangélicas de la teofanía o manifestación divina. Cada vez que Dios
se presenta, la Tierra tiembla.
No se sabe con certeza cuánto tiempo dura la pasión. Según unos evangelistas,
desde que Jesús fue detenido hasta que fue clavado en la cruz pasaron 24 horas;
según otros, varios días. Incluso hay autores que defienden que todo el proceso
pudo durar varios meses.
Tampoco se sabe qué día ni a qué hora fue crucificado. Según Juan, el 14 de
Nisán, el día antes de la fiesta de la Pascua. Por el contrario, Mateo, Marcos
y Lucas sostienen que fue crucificado el viernes 15 de Nisán.
Igualmente, se desconoce el año de la crucifixión de Jesús o qué edad tenía el
profeta a la hora de la muerte, que podía variar entre los 25 y los 32 años.
4 ¿UN PUEBLO DEICIDA?
¿Quiénes mataron a Jesús, los judíos o los romanos? Ya en el año 50 después
de Cristo, el primer do*****ento cristiano escrito, la primera epístola a los
Tesalonicenses, habla de «los judíos que mataron al Señor Jesús». Y los cuatro
Evangelios rezuman antijudaísmo. El cristianismo que comienza siendo una secta
del judaísmo, termina separándose de él.
Aquí nace el antisemitismo cristiano y el anticristianismo judío, que llega a
presentar a Jesús como el hijo ilegítimo de una prostituta y un legionario
romano. Desde entonces, recae sobre los hombros de los judíos el peso del
proceso, la tortura y la condena a muerte de cruz del gran inocente de la historia.
Desde entonces, cada viernes santo, los católicos rezaban a Dios «por los
pérfidos judíos», a los que se calificaba de «asesinos de Dios».
Algunos sostienen que esta visión que se inocula durante siglos conduce al
Holocausto. No en vano, el nazismo y la persecución de los judíos tuvo lugar en una sociedad y en una cultura fundamentalmente
cristianas.
En 1962, Juan XXIII pidió perdón a los judíos en nombre de todos los
cristianos, se retiró de la liturgia la alusión a los «pérfidos judíos» y,
tanto Pablo VI como Juan Pablo II visitaron Tierra Santa y hablaron de los
judíos como de «nuestros hermanos mayores en la fe». ¿Despertará la película de
Gibson a la bestia dormida del antisemitismo?