POR QUÉ SOY CRISTIANO
Querida Alba:
Sin duda que te llamará la atención que escriba unas líneas dedicadas a ti en
un medio de comunicación tan popular como éste. Ya desde ahora te pido
disculpas.
Pero es que cuando el otro día en clase de Reli, desde tus 16 años y tu
desparpajo optimista, me dijiste que no entendías las religiones, que no creías
en nada, que todos éramos pura química y que lo que de verdad te interesaba era
el hacer el bien a los demás. Además decías que tampoco entendías a la Iglesia
porque ésta se manifestaba siempre contra el progreso y la libertad y mantenía
una visión de la sexualidad absolutamente pasada de moda. Que la condena al
condón con el problema del Sida que hay te parecía mentira que se tuviera que
oír hoy. Que te escandalizaba la actitud de muchos jerarcas que siempre andaban
de aquí para allá condenándolo todo.
Me dijiste también -y te lo agradezco- que veías en mí a una persona normal y a
un buen tipo y que por eso no acababas de entender que yo fuera cristiano. Me
dijiste todo esto y te respondí, pero luego creí oportuno reflexionarlo más
despacio y decirte lo que pienso por escrito porque así le puede servir a
otros.
De entrada, te agradezco tu sinceridad; con personas como tú, la clase de
Religión, lejos de ser ese rollo patatero en donde a veces se nos quiere
encasillar, se convierte en algo vivo y apasionado que puede llegar a tocarnos
el corazón.
Por eso quiero escribirte, porque tus ideas son las de mucha gente de tu edad y
porque yo, como dices, soy cristiano y quiero explicarte desde la amistad que
ser cristiano hoy no es ni un fanatismo ni algo pasado de moda.
De entrada soy cristiano porque mis padres me enseñaron a serlo. Y me lo
enseñaron con el ejemplo de sus vidas. Ellos siempre fueron generosos y buenos.
Daban gracias a Dios por lo que tenían (que era muy poco) y lo compartían con
alegría. La presencia de Dios en mi vida y el amor a Jesucristo fue algo normal
en mi niñez.
Claro que tuve 16 años, como tú, y me rebelé contra todo y contra todos,
también contra la Iglesia y contra lo que mis padres me habían enseñado. Pero,
aun entonces, me quedó Jesús.
La figura de Jesús siempre me fascinó. Incluso cuando no entendía a Dios, a la
Iglesia, a mis padres y a la vida, Jesucristo seguía siendo un desafío difícil
de rechazar. Y eso me sigue ocurriendo hoy: la figura de Jesús es lo que me
ayuda a ser cristiano, lo que me ayuda a entender mi fe y a no pararme nunca en
el camino de la vida. Jesús es un revolucionario de la Historia. Su vida sigue
hoy siendo una provocación. Su amor a los pobres, su denuncia de la injusticia,
su libertad permanente, su cercanía con los marginados, su alegría compartida,
su respeto profundo por las personas humanas (publicanos, prostitutas,
romanos…), su familiaridad con Dios, su ternura con los enfermos, su crítica a
los profesionales de la religión, su ilusión por la vida y su opción decidida
por los oprimidos siguen siendo para mí un empujón que me anima a seguirle y me
hace sentirme más vivo. Siguiendo a Jesús experimento la cercanía de Dios, te
lo aseguro. En la vida de Jesús descubro el latido de un Dios cercano que nos
quiere entrañablemente y nos anima a vivir de una forma humana.
Jesús no fue un teórico de la religión (imagínate, le mataron en nombre de
Dios). fue un apasionado de la vida que, con sus palabras y sus hechos, nos dio
a conocer que cuando nos amamos, cuando rompemos las barreras humanas y nos
acercamos como hermanos, cuando nos perdonamos y construimos un mundo más
justo…entonces estamos experimentando a Dios.
En la Biblia sólo hay una definición de Dios, nos la da san Juan que se atreve
a decir que Dios es amor. Ya ves tú. Dios podrá ser omnipotente, omnisciente,
eterno, todopoderoso, y todas esas cosas difíciles de entender…pero san Juan
acierta: Dios es amor, así de sencillo. Y por eso, cuando veo que la vida de
Jesús fue una defensa apasionada del amor hasta derramar la sangre, descubro
que en Jesús me encuentro con el misterio de Dios.
Eso me hace descubrir que cuando amamos estamos cerca de Dios. Creo que tú, que
eres generosa, sensible y buena, también lo estás. Y creo que las personas de
otras religiones, los ateos, los agnósticos y los indiferentes, cuando aman de
verdad están junto a Dios. Lo que importa no es creer, lo que importa es amar.
Por eso creo que las religiones están llamadas a trabajar juntas por un mundo
en paz. Es en la defensa del amor y la justicia donde las religiones se pueden
encontrar. Quiero mirar con profundo respeto a los musulmanes, budistas, judíos
y a todas las confesiones cristianas sabiendo que el amor es más importante que
las ideas. El amor es la *****bre hacia la que caminamos, las religiones son
las sendas a través de las que ascendemos. Si absolutizamos nuestra senda nunca
nos encontraremos y además nunca alcanzaremos la *****bre.
Querida amiga, soy cristiano, sí. Para mí ser creyente no es sólo creer que
“algo tiene que haber”, ni tan siquiera creer en Dios. Para mí, ser creyente es
seguir a Jesús de Nazaret e intentar vivir en comunidad haciendo que mis gestos
y mi vida sean un reflejo de sus gestos y su vida. Así, te lo aseguro, soy
feliz.
Y a esto –que no siempre es fácil- me ayuda (no te lo vas a creer) la Iglesia.
Sin ella no sabría ser cristiano.
Ahora sí que te he desilusionado…ahora sí que ya no te parezco tan normal.
Hasta ahí podríamos llegar, dirás. Cómo es posible que un Iglesia vieja y
carrinclona pueda animarle la vida a alguien. Cómo, desde el Vaticano, desde
las riquezas y desde posturas históricas de tanto poder y colaboración con la
injusticia, la Iglesia puede animar la fe de alguien.
Bueno, déjame que te explique. En primer lugar tendríamos que concretar qué
queremos decir cuando hablamos de Iglesia. Normalmente nos referimos a la
jerarquía y a las personas consagradas a través de unos votos. Es decir, cuando
pensamos en la Iglesia automáticamente pensamos en los curas, el Papa, los
obispos; es decir, en los “profesionales de la religión” y en los que mandan, y
estos, además, son varones.
Cuando hablamos así, estamos hablando del uno por mil de la Iglesia. La inmensa
mayoría de los cristianos no son ni curas ni monjas, ni obispos. Yo, cuando
hablo de la Iglesia pienso en familias cristianas, en voluntarios generosos, en
adolescentes que buscan, en personas mayores que tienen esperanza en Dios, en
enfermos que sufren, en catequistas, en solteros, en misioneros…es decir, en
miles de personas…también en curas, monjas, obispos y el Papa.
Juzgar a la Iglesia pensando sólo en la jerarquía es como juzgar a las personas
que generosamente militan en un partido político teniendo en cuenta sólo las
actuaciones de los poderosos de ese partido que -por su responsabilidad- puedan
estar cobrando una pasta, teniendo una gran vivienda gratis, dietas en todo y
además vayan en coche oficial.
No, no podemos juzgar así. Es más, cuando la conciencia nos lo pida, debemos
disentir. Amar a la Iglesia a mí me lleva a criticar desde el amor las
decisiones que no entiendo, sabiendo que también yo soy infiel. Amar a la
Iglesia no quiere decir ser más papista que el Papa, ni creer que siempre la
voz de los obispos es la voz de Dios. Nunca ha sido así. Desde sus orígenes la
Iglesia ha ido creciendo en el marco de la tensión interna. El mismo apóstol
Pablo le llama la atención a Pedro porque éste no acababa de aceptar a los
extranjeros que se hacían cristianos…y Pedro era el papa. Las primeras
comunidades elegían a sus obispos y en cada región la Iglesia vivía unas
características distintas. Es decir, había unidad, pero no unitariedad.
En el Credo los cristianos decimos que creemos en la Iglesia, pero no decimos
que creemos en el papa o en los obispos o en los curas…no, creemos en la
Iglesia.
Y la Iglesia hoy sigue teniendo cosas extraordinarias: parroquias al servicio
de la gente, personas dedicadas a los pobres, voluntarios que entregan la vida
por los marginados, familias que acogen a otros…y también tiene cosas que no
están bien: poder de algunos eclesiásticos, descalificaciones de personas,
normas poco serias que se quieren imponer a todos, alianzas con el poder… Esas
cosas las debemos denunciar, criticar. Y esto lo debemos hacer los cristianos
en primer lugar. Si como cristiano lo callo…es que no amo a la Iglesia como
debo. Una cosa es ser cristiano y la otra comulgar con ruedas de molino.
Pero mira, hay dos cosas que nunca agradeceré lo suficientemente a esta Iglesia
que considero madre y comunidad: una primera es que me ha dado a conocer a
Jesucristo. A pesar de sus limitaciones y sus fallos, de su historia convulsa y
frágil, la Iglesia me ha enseñado quién es Jesús y me ha apoyado en los
momentos de mi vida en los que he andado desorientado.
Por otra parte, la Iglesia ha tenido y sigue teniendo mártires, personas que
han dado la vida y han derramado su sangre por la fe en Jesucristo. Cada año
mueren alrededor de 40 misioneros asesinados por su fe, también otras personas
que no son misioneros son asesinados por el mismo motivo. Si a la Iglesia se le
persigue no es porque vaya a bautizar negritos en el Tercer Mundo sino porque
anuncia a Jesús de Nazaret y, consiguientemente, anuncia que todo ser humano es
hijo de Dios y tiene derecho a que se le respete su dignidad. Y eso siempre es
molesto.
Querida Alba soy cristiano también porque en la Iglesia me he encontrado
personas extraordinarias. Tú misma te conociste emocionada hace poco días a
Maite, cuya hija de menos de 30 años está en Etiopía dando la vida por niños a
los que esté primer mundo ha condenado al Sida y a la miseria. Hace pocos días
estuve en casa de dos religiosas mayores. En su pueblo una señora anciana que
está sola había tenido una caída y se había roto los dos brazos quedando así
totalmente imposibilitada. Las monjas no lo pensaron ni un momento, la
acogieron en su casa y la señora accidentada está viviendo con ellas siendo
cuidada con una ternura sin alharacas ni propagandas. Eso es la Iglesia.
Jesús dijo que en su comunidad el que quisiera ser el primero que fuera el
último y el que quisiera ser importante fuera el servidor de todos. Es cierto
que en la Iglesia no faltan jerarcas purpurados que exhiben mando y lejanía de
la gente, que se visten con trajes caducos y cuando hablan duermen a todo hijo
de vecino, que condenan a los jóvenes y les encantan los tiempos pasados. Pero
también es cierto que en la Iglesia hay gente sencilla y buena, valiente y
generosa, gente que acoge sin peguntar, que son servidores de los demás.
Hay mucha gente así, más de la que puedas imaginar. Ellos me ayudan a ser
cristiano. Junto a ellos el pan sabe más a pan, el vino más a vino…y la vida
más a Jesús de Nazaret.
JOSAN MONTULL