JESÚS DE NAZARET,
UN HOMBRE APASIONADO POR EL REINO DE DIOS
1. REDESCUBRIR A JESÚS DE NAZARET
Quien recorre los
veinte siglos de la historia del cristianismo puede constatar, con relativa
facilidad, que las diversas generaciones de creyentes han ido depositando sobre la figura de Jesús que les presentaban
inicialmente los evangelios, algo así como
unos estratos. Estratos de diversa índole.
Los estratos culturales surgieron muy
pronto. Los primeros
cristianos, en efecto, estaban profundamente convencidos de la unidad singular y estrecha de Jesús con Dios.
Tanto es así, que le atribuyeron el
título de «Señor», que el Antiguo Testamento había reservado exclusivamente
a Yahvé. Y, como ya se ha indicado, quisieron expresar esa convicción también
en su vida litúrgica.
De este modo, muy
pronto, después de que él dejó este mundo, comenzaron
a rendirle culto.
En uno de los más
antiguos documentos no cristianos que hablan de Jesús -la carta de Plinio el
Joven, al Emperador Trajano- se dice que aquel grupo de gente sobre cuya vida y
conducta se informa al Emperador, «cantan
himnos a Cristo, como a un dios».
Aquel culto fue adquiriendo después diversas formas, de acuerdo con
las diferentes sensibilidades que se sucedieron en el tiempo. Las oraciones y
los ritos se multiplicaron como respuesta a las variadas situaciones en las que
se fue encontrando la fe.
De este modo, con
el correr del tiempo nació, por ejemplo, el
culto eucarístico que se rinde a su presencia en el pan consagrado, y que
consta de adoración, incienso, procesiones, etc.
Aparecen también estratos doctrinales. En determinados
momentos se llegó hasta a formular dogmas de fe. Se trata de fórmulas muy
precisas y solemnes, mediante las cuales se quiso expresar de forma taxativa y
definitiva la verdad.
De ese modo Jesús
pasó a ser objeto de elucubraciones cada vez más complejas que, con mayor o
menor fidelidad, fueron asimiladas también por el pueblo. Los catecismos se encargaron de mediar entre las afirmaciones de
alto nivel teológico y las verdades de fe cristológica que había que inculcar a
la gente sencilla.
Existen, además, estratos morales. La propuesta de vida
que hizo Jesús fue sometida, como es natural, a actualizaciones constantes. Su
propuesta requería ser encarnada en lo concreto de las condiciones históricas
en las que sus seguidores se iban a encontrar viviendo.
Por eso se han ido
multiplicando en la Iglesia a lo largo
de los siglos, preceptos que regulan el comportamiento ético de sus
miembros. Así se ha originado un notable volumen de normas y disposiciones.
Nacieron, en última instancia, del deseo de contribuir a que los discípulos de
Jesús lleven una vida en coherencia con la fe que profesan.
No faltan,
finalmente, los estratos jurídicos.
La comunidad de los discípulos de Jesús se organizó muy pronto en forma social.
Sintió por ello la necesidad de darse disposiciones que ordenasen su modo de
convivir dentro de ella y de relacionarse con los que no pertenecían a ella. El
influjo del genio romano, de fuerte tendencia jurídica, se hizo sentir notablemente
en este ámbito.
Nació de todo ello un cuerpo de leyes y normas que acabaron
formando, hace relativamente poco tiempo, un código de derecho canónico.
Ahora bien, todo
este conjunto de cosas -ritos, dogmas, normas morales, ordenamientos jurídicos-
fue casi siempre fruto de un auténtico
deseo de fidelidad a Jesús y a su propuesta original; pero acabó, también
con frecuencia y a pesar de todo, convirtiéndose en una pantalla que no
permitía ver con nitidez la genuina figura histórica de Jesús.
Y lo peor fue que él y su propuesta inicial
quedaron como sepultados bajo esos estratos acumulados a lo largo de los
siglos.
Por eso resulta
indispensable, para quien quiera recuperar esta figura histórica de Jesús y su
propuesta original, volver a las fuentes
a través de las cuales nos han si do transmitidos.
Y no porque se
piense que todo lo que se ha hecho después, en el decurso de los siglos de
historia de la Iglesia, no tenga sentido o contenga errores. La razón es que se necesita remover esos estratos para
volver al punto de partida, que hará más clara la validez de los mismos
estratos acumulados con posterioridad.
2. UNA OPERACIÓN NO FÁCIL
Probablemente
nadie ignora que precisar la genuina
figura histórica de Jesús de Nazaret en los textos
del Nuevo Testamento, es cosa no
desprovista de dificultad.
A primera vista
tal dificultad parecía no existir. Efectivamente, los textos que ofrecen datos
al respecto son muchos y evidentes.
Las dificultades emergen, sin embargo, apenas se
analiza el carácter peculiar de los escritos neotestamentario por el modo en
que se escribieron y nacieron.
Como se sabe, surgieron de la experiencia de un grupo de
hombres y mujeres que vivieron junto al mismo Jesús. Experiencia de su modo
de comportarse con Dios y con los hombres, de su modo de hablar, de su modo de
actuar y reaccionar.
Aquella experiencia se convirtió en escrito sólo
después de su muerte y resurrección, y a la luz de lo que este
extraordinario acontecimiento significó para ellos en relación con su persona y
su actividad.
En los escritos
que redactaron aquellos testigos todo está, por tanto, como filtrado a través del prisma de la fe pascual nacida de su
resurrección. Nos transmiten no tanto la historia objetiva de Jesús y de su
vida, cuanto más bien lo que los discípulos lograron descubrir en profundidad
después de la Pascua sobre el sentido de su persona y de su acción.
Esto vale sobre
todo para los evangelios, los escritos que narran más ampliamente la historia
de Jesús.
Puede preguntarse,
por tanto, hasta qué punto lo que se nos
presenta en ellos como palabras o acciones de Jesús de Nazaret es realmente
suyo, y no una proyección hacia el pasado de la fe de las comunidades
nacidas después de la Pascua.
Se sabe que los estudiosos de la Biblia son en general
muy severos al tratar sobre estas
cuestiones, y discuten sobre ella con gran seriedad. Se resisten a admitir la autenticidad histórica, en el sentido
moderno de la palabra, de muchos discursos y de muchos hechos que se atribuyen
a Jesús, por los motivos antes apuntados.
Lo cual no quiere decir que no consideren dignos de
fe a dichos escritos. Ellos saben, porque son creyentes, que los autores de los evangelios conocían muy bien
y habían asimilado también muy bien el espíritu de Jesús y que, por tanto,
cuando refieren discursos suyos o le atribuyen hechos que no se pueden
contrastar sino con dificultad en su autenticidad histórica, no hacen más que transmitir la verdad más profunda de las
cosas.
No hay duda de que
para una mente moderna, acostumbrada
a la historicidad objetiva de los hechos, esto resulta un poco difícil de entender. Hay que situarse en el momento
histórico en el que se elaboraron estos escritos y en la actitud de sus autores
para captarlo.
3. UN DATO DECISIVO
Aun teniendo en
cuenta las dificultades y las discusiones referidas, no resulta imposible, con todo, llegar a descubrir los rasgos
fundamentales de la figura histórica de Jesús de Nazaret. Y esto es
suficiente para nuestro objetivo.
Para lograrlo hace
falta leer entre líneas los escritos
neotestamentarios, y valerse de los
medios que las ciencias actuales nos ofrecen para ello.
Un primer dato que salta a la vista del
que lee con cierta atención los evangelios es el siguiente: Jesús de Nazaret aparece en ellos como un
hombre profundamente unificado.
No produce la
impresión de una persona dispersa, fragmentada, como sucede con frecuencia
con muchas personas que viven rebotando acá y allá en mil preocupaciones
diversas, sin un punto central de referencia que sea el eje alrededor del cual
gire todo lo que hacen y son.
Jesús, en cambio, da
la impresión de ser un hombre intensamente concentrado.
En él todas las energías corporales, pero también las psíquicas y las
intelectuales, volitivas, etc.- aparecen como fuertemente atraídas hacia un
centro de convergencia. Es como si dentro de él hubiese un imán que atrajese
irresistiblemente todo hacia sí.
Hay palabras,
atribuidas a él por los evangelistas, que permiten entrever esta situación
existencial. Por ejemplo, las del evangelio de Lucas en las que él dice con
cierta solemnidad: «He venido a traer
fuego a la tierra; y cómo me gustaría
que estuviese ya ardiendo» (Le 12,49). Aun no siendo seguro que estas
palabras hayan salido literalmente de sus labios, permiten entender cuál era la impresión que él causaba en los que le
escuchaban.
O aquellas otras
de la pequeña parábola del hombre que
encuentra un tesoro en el campo, y «lleno
de gozo, vende todo lo que tiene para
comprar aquel campo» (Mt 13,44). Jesús de Nazaret causa la impresión, al
que sigue en los evangelios su modo de conducirse, de que es alguien que «ha vendido todo» para comprar «un campo». Aquel campo esconde su «tesoro». «Donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón», dijo
también en otra ocasión (Mt 6,21).
Jesús da claros indicios de haber puesto su corazón
en algo que podríamos expresar con el término causa. Una causa a la que ha
entregado con ardor y constancia, sin ningún titubeo, todo su ser.
4. LA CAUSA DEL REINO DE DIOS
La causa que abrazó Jesús se expresa, sobre todo en
los evangelios sinópticos, con una fórmula llena de sentido para los hombres y
las mujeres de su pueblo: «el reino de
Dios». Es el segundo dato firme que se recoge en los evangelios.
VALORES Y ANTIVALORES DEL REINO
1. EL REINO Y LA CONVERSIÓN
La propuesta de
Jesús de Nazaret es apremiante: «El reino de Dios está cerca; convertíos y
creed esta buena noticia» (Mc 1, 1
5).
La conversión que él proyecta implica un
rechazo radical: rechazo de todo lo que no puede coexistir con el reino de Dios.
Le hemos visto ya empeñado en eliminar lo que creía
incompatible con ese reino: enfermedades, desequilibrios, pecados, falsas
relaciones entre las personas y entre los grupos, estructuras en las que
cristalizan esas relaciones.
Su proyecto de convivencia humana implica también
necesariamente eliminar todo lo que
podríamos llamar antivalores del reino,
y sustituirlos con sus valores.
Jesús, efectivamente, lanza esta propuesta de modo alternativo: para que Dios pueda reinar en las personas
y en su convivencia, hace falta eliminar todos los antivalores que se oponen a
ese reino.
2. EL DINERO
«Ninguno puede servir a
dos señores: porque o amará a uno y odiará a otro, o preferirá al primero y
despreciará al segundo. No podéis servir a Dios y al Dinero» (Mt 6,24).
Esta frase, que
Mateo atribuye a Jesús, permite entender cuál
fue su pensamiento sobre el dinero.
En el evangelio no hay datos que lleven a deducir que lo
despreciase. Al contrario, se puede entrever que se servía de él para sus necesidades y las de los suyos.
En Lc 8,2-3 se
dice, en efecto -y no hay elementos que hagan dudar de su verdad histórica- que
el grupito de mujeres que seguía a
Jesús y a sus discípulos, «los atendían con sus bienes».
Algunas de ellas debían de ser personas
acomodadas y podían permitirse poner
a disposición de Jesús y de sus discípulos lo que necesitaban para sus actividades, desde el momento que
habían abandonado el trabajo con el que se mantenían antes. Una de las mujeres
nombradas en el texto, Susana, era mujer de Cusa, administrador del rey
Herodes.
Y Jn 13,29 nos
informa, de pasada, que el grupo de los
apóstoles tenía un administrador de los bienes: era Judas, el Iscariote, el
que traicionó al Señor.
Si Jesús usa el dinero se demuestra, sin
embargo, convencido de que el apego a él
constituye uno de los más grandes obstáculos para la venida del reino de
Dios entre los hombres.
Se le ve con
claridad en la narración de la llamada
del joven rico (Mc 10,17-22; Mt 19,16-26; Le 18, 18-23). Jesús, después de haberle mirado con enorme
simpatía (Mc 10,21), le invita a seguirle, a dar todos sus bienes a los pobres
y a convertirse en discípulo suyo, a hacer suya la propuesta del reino. Pero él
«se
sintió a disgusto y se alejó triste».
La razón es evidenciada en los
evangelios: «era muy rico».
Este rechazo del
joven arranca de los labios de Jesús aquellas palabras, mezcla de amargura y de
denuncia, en las que se hace transparente su modo de pensar sobre las riquezas: «iQué
difícil es para los que son ricos entrar en el reino de Dios¡. Si es difícil que un camello
pase por el agujero de una aguja, es más difícil aún que un rico pueda entrar
en el reino de Dios».
Sabemos ya quiénes
eran los ricos en Israel. Y también qué clase de injusticia suponía su riqueza: o se habían hecho con ella a costa
de los demás, explotándolos y a veces hasta trampeándolos, o gozaban de ella en
una total indiferencia hacia los pobres (Lc 16,19~21).
Lucas, el
evangelista más sensible a esta orientación de Jesús, le atribuye un dicho
digno de atención: «Yo os digo: toda riqueza
sabe a injusticia; usadla para haceros amigos,
de ese modo, cuando ya no tengáis riquezas, vuestros amigos os acogerán junto a
Dios» (1 6,9).
Según estas
palabras, para él las riquezas son
siempre injustas. Son indicio de una convivencia humana en la que algunos
acaparan y otros se quedan sin nada. Una sociedad, por tanto, que no es el reino de Dios, porque en ella está
presente la muerte, provocada en los ricos por su avaricia, y en los pobres
por la condición a que los reduce la avidez de los primeros.
El que es rico, además, y está materialmente bien,
sin sufrir las penurias que padecen los pobres, no está normalmente dispuesto a dejar su condición. Prefiere que
las cosas queden fundamentalmente como están, para asegurar su bienestar. No puede, por tanto, acoger la propuesta de
Jesús que, en lugar del acaparar, propone
el compartir. No puede haber sitio para él en el reino (Lc 6,24-26).
Porque en
definitiva lo que Jesús propone en orden al reino de Dios es que se compartan los bienes,
lo cual lleva a una situación en la que todos puedan tener lo necesario para
vivir dignamente.
Un signo luminoso
en este sentido se encuentra en el relato de la multiplicación de los panes (Mt 14,13-21; Mc 6,35-44; Lc
9,10-17). Se trata de una narración cargada de significados. Entre ellos se
puede destacar también el siguiente: con un poco de pan y algunos peces que
alguien del gentío renuncia a acaparar exclusivamente para sí, al compartir se sacian miles de personas.
Y todavía sobra.
Jesús hace ver, de
este modo, que cuando las cosas en vez
de acapararse se condividen, se multiplican.
El pensamiento,
pues, es claro: los bienes materiales
son un valor en relación con el reino sólo si se comparten. Quien los
tiene, debe renunciar a tenerlos exclusivamente para sí, y estar dispuesto a
compartirlos con los que no tienen, con los pobres. Si no, no puede entrar en el reino de Dios. Es un idólatra, que
sirve al ídolo del dinero.
3. EL PODER
«Como vosotros sabéis, los jefes del pueblo mandan como duros
señores; las personas poderosas hacen sentir con la fuerza el peso de su
autoridad. Pero entre vosotros no debe ser
así» (Mt 20,25-26; Mc 9,42-43; Lc 22,25-26).
Es muy probable
que estas -u otras parecidas a estas- sean palabras textuales de Jesús, como es
probable también que, cuando las dijo, pensase en lo que él y muchos otros veían cada día: la displicencia con la que
ejercían su autoridad.
Todos ellos habían
hecho de su poder su instrumento de
dominio sobre los demás: gobernaban haciéndoles sentir pesadamente su yugo.
No permitían ninguna participación
en las decisiones colectivas a la gente pobre, que se veía de ese modo reducida
a simple objeto de las decisiones de otros. Las cosas que les tocaban más de
cerca y que regulaban su vida económica, cultural y hasta religiosa, las decidían otros, sin ninguna consulta,
y además casi siempre contra sus intereses reales.
Este esquema se reproducía también, en
medidas más reducidas, en las relaciones
entre hombres y mujeres, y entre padres e hijos. El poder de los varones adultos
era ilimitado en este sentido. Las mujeres y los niños tenían que someterse a
sus decisiones, no pocas veces caprichosas y egoístas.
Jesús mismo fue víctima de esta situación cuando fue
llevado al tribunal ante las dos
máximas autoridades del pueblo, la romana y la judía. Abusando de su poder, las dos decidieron injustamente su muerte.
Se sabe que el
poder, cuando se siente en peligro, echa mano de cualquier medio para salir
ileso.
Y fue precisamente
delante del máximo poder del mundo
entonces conocido, el imperial de Roma, cuando Jesús, según los relatos
evangélicos, declaró en forma solemne su
pensamiento sobre el poder en relación con el reino de Dios.
En el evangelio de Juan, que narra el proceso
judicial según determinados fines teológicos propios, a la pregunta del
procurador romano Pilato acerca de si él era rey, Jesús respondió
afirmativamente, pero precisando en seguida: «Mi reino no es de este mundo» (Jn
18,36).
La frase citada no
tiene que ser entendida como si él quisiese negar lo que de terreno tiene el
reino de Dios, ya que hasta entonces no ha hecho más que tratar de hacerlo
presente en esta tierra. Hay que entenderla, en cambio, como negación, por su parte, de
toda semejanza del reino que él proclama con los reinos de este mundo. En
éstos, el poder se ejerce en forma tal que aplasta a los que están sometidos a
él, los humilla y les quita su dignidad: los reduce a objetos.
«Pero entre
vosotros no debe ser así», dice
taxativamente, según los tres primeros evangelios, a los discípulos que,
siguiendo el modo corriente de entender la convivencia colectiva, discuten
sobre quién de ellos tendría más poder en el reino. Al decir esto contrapone a
ese modo de pensar el verdadero valor del reino: «Si uno entre
vosotros quiere ser grande, que se haga el siervo de todos» (Mc 10,43).
El poder, pues, en el proyecto del reino, se vive como servicio.
El hecho de que
los tres evangelios sinópticos hayan narrado este episodio, y casi con las
mismas palabras, puede ser un indicio de
la situación que se estaba creando en las primeras comunidades de los
discípulos después de la partida de Jesús. Tampoco en ellas, pues, estaba
ausente la tentación, tan frecuente entre los hombres, de convertir la
autoridad en poder despótico.
Poder quiere decir facultad de decidir, de decidir las
cosas que afectan a todos, y de decidirlas de modo que los demás tengan que
aceptar la decisión tomada.
Para que la
convivencia entre las personas y los grupos humanos sean lugar del reino de
Dios, es necesario, ante todo, si se quiere seguir el pensamiento de Jesús, que
esta posibilidad de decidir no esté
monopolizada por algunos con exclusión de otros. Hay que compartirla lo más
posible.
Lo que interesa a
todos debería ser decidido entre todos, podríamos traducirlo hoy. Una sociedad,
grande o pequeña, en la que las cosas se deciden sólo por algunos, mientras que
los demás, si están en capacidad de hacerlo, no se sienten implicados, es la
negación del reino de Dios.
Además, allí donde
las circunstancias exigen que alguien deba ejercer el poder, teniendo más que
los demás, deberá hacerlo siempre como servicio al bien de los otros, y no como
expresión del propio interés y capricho.
El ejemplo lo dio
el mismo Jesús con su manera de comportarse. Lo recuerda también el texto
citado arriba, que enlaza con el pensamiento ya enunciado sobre la necesidad de
hacerse siervo de los demás: «También el
Hijo del Hombre ha venido no apara que le sirvan, sino que ha venido para
servir y para dar la propia vida como rescate para la liberación de los
hombres» (Mc 10,45).
4. EL PRESTIGIO
Como hacen notar
algunos estudiosos, en la sociedad de Israel del tiempo de Jesús, como por otra
parte en general en las sociedades orientales de entonces, el prestigio constituía uno de los valores fundamentales. La gente
apreciaba mucho el nombre que tenía ante los demás. Más aún que las riquezas.
Esto daba origen a
una auténtica escala social, en la
que cada uno ocupaba el propio lugar, tenía el propio estatus, en razón de la
estirpe, del dinero, de la autoridad, de la ciencia. Y se atenían estrictamente
a esa escala. Todos debían observarla atentamente, también mediante el respeto
al modo de vestir, de hablar, de portarse, y ocupando el lugar correspondiente
en las asambleas, banquetes y encuentros de diversa índole.
En esta jerarquía
de prestigio, había hombres y mujeres
que no contaban, porque no tenían ningún estatus. No
podían presumir de estirpe, ni de riquezas, ni de ciencia, ni de virtudes. Eran los pequeños, los pobres, los
publicanos, las prostitutas, el pueblo ignorante.
En los textos
evangélicos, la actitud de Jesús aparece
muy clara también ante esta situación, como ante las que hemos tomado en
consideración antes. La considera una negación y un obstáculo a la venida del
reino de Dios.
Ante todo, la rechaza con su mismo modo de actuar.
Se conduce como uno a quien no le importa para nada su prestigio. Leyendo los
evangelios se tiene la neta sensación de que no le interesa lo que piensan y
dicen los demás de su modo de ser o de actuar, especialmente los que son
esclavos de la búsqueda de la propia gloria.
Si se trata, por
ejemplo, de estar en compañía de los que
no gozan de buena reputación en Israel, no siente empacho en hacerlo. Y no
se retrae de hacerlo si los otros murmuran criticando su conducta. A lo más,
les ofrece una ocasión de reflexión, poniendo en evidencia los motivos
profundos de ella.
Esto se ve, por
ejemplo, en el caso de la llamada de
Leví, el publicano que invita a seguirle (Mc 2,16-17), en el de su autoinvitación a comer en casa de Zaqueo
(Lc 19,710), o en el de la mujer
pecadora que le lava los pies con sus lágrimas y se los seca con sus
cabellos en el banquete en casa de Simón el fariseo (Lc 7,39-47). Y, de forma
más general, cuando, como hemos subrayado antes, los escribas y los fariseos
murmuran porque entra en casa de publicanos y de pecadores y come con ellos (Lc 15,1-2).
Lo mismo sucede
cuando se trata de realizar acciones que
lo vuelven impuro desde el punto de vista legal. El caso
del leproso de Mc 1,40-42 es una confirmación muy clara
de ello.
Algo parecido
ocurre cuando, ante sus exorcismos,
algunos escribas que han venido de Jerusalén le acusan de estar «poseído por un espíritu maligno» (Mc 3,30). Con notoria serenidad les invita
a que razonen y a que no permanezcan en aquel estado de cerrazón que les impide
ver la acción del Espíritu Santo que se realiza ante sus ojos.
Pero, además de
conducirse de manera soberanamente libre en relación con el prestigio y el
estatus, Jesús denunció ásperamente la
conducta de los que, en cambio, vivían para el prestigio y la admiración de
los demás. El evangelio de Mateo le atribuye frases muy fuertes: «Todo lo que hacen es para que la gente les vea. Llevan en la frente las
palabras de la ley en estuches más grandes que los de los demás; las orlas de
sus mantos son más largas que las de los otros. Desean los puestos de honor en las sinagogas, los primeros
puestos en los banquetes, que les saluden en la plaza y que los llamen maestro» (Mt 23,5-7).
A través de esas
frases se puede ver que, en esta actitud de búsqueda de la propia gloria, que
genera además un modo de convivencia injusto y antifraterno, Jesús ve uno de los antivalores
fundamentales a la luz del reino de Dios.
Él sabe que esto
significa vivir como esclavos: esclavos de lo que más de una vez en la Biblia
se llama «acepción de personas» (Rm 2,1
1; Ef 6,9; etc.) -
Por lo que se
deduce de su modo de actuar, para Jesús toda persona es importante por sí misma,
y no por los títulos o los méritos
que posee. Es así como él trata a la gente.
Se ocupa, efectivamente, con una ternura y
una solicitud especial de los pequeños,
es decir, de los que no tienen ningún estatus en Israel, porque ve en ellos
seres humanos necesitados de ayuda y de apoyo.
Pero no excluye a los grandes, a los que
gozan de prestigio y honor, porque también ellos necesitan ayuda. Y los acoge
también como tales y no porque tengan
prestigio u honor.
A éstos, además,
les dirige una palabra programática: «Os
aseguro que si no cambiáis y no os hacéis
como niños, no entraréis en el
reino de Dios. Quien se hace pequeño como este niño, ese es el más importante
en el reino de Dios» (Mt 18,2-4).
Hacerse como niños
no quiere decir tener la inocencia de los niños, como a veces se ha entendido,
o adquirir su dulzura o su sencillez, de las que más de una vez en realidad
carecen. Ni significa cultivar simplemente en sí la confianza radical que
suelen tener los niños en sus padres, cosa que por cierto es absolutamente
necesaria para el que se pone en relación con el Dios del reino. Significa, en cambio, despojarse de la máscara que el afán de
honor y de prestigio, de estatus en una palabra, crea en los hombres.
Sólo así se puede entrar con Jesús y como él en la
causa del reino de Dios, porque entonces se está dispuesto a construir
la convivencia fundada sobre lo que es verdaderamente esencial en el hombre.
El reino de Dios es, en este sentido, un reino de
niños, es decir, de hombres y mujeres que no buscan el prestigio ni se
relacionan con los demás haciendo
acepción de personas.
5. LA SOLIDARIDAD
CERRADA Y RACISTA
Lo hemos visto más de una vez: Jesús,
cuando anuncia el reino de Dios, propone
un modo de vivir presidido no por el egoísmo acaparador de las cosas o de las
personas o hasta de Dios mismo, sino
por la solidaridad que busca
compartir. Para él esta solidaridad y este compartir son uno de los valores
principales que hay que cultivar.
Ahora bien, en su pueblo se daba esa solidaridad.
Sólo que muchas veces era una solidaridad cerrada.
Cerrada, ante
todo, en el ámbito del pueblo mismo. El
hecho de que los no judíos eran considerados despreciativamente como <goym»,
o sea paganos, y tenidos por impuros con los que no se podía tratar, es
un claro indicio.
Siguiendo el
relato de Lucas en los Hechos, cuando
Pedro, aun después de la
resurrección de Jesús, llamado por el centurión
romano Cornelio -un impuro, por
consiguiente- acude a su casa para anunciarle la Buena Nueva, se preocupa de
advertir en el umbral de la misma: «Sabéis
que no le es lícito a un israelita estar con un pagano o entrar en su casa» (Hch 10,28). Y si se decide a entrar, a pesar
de su repugnancia, será porque, como él mismo declara: «Dios me ha enseñado que no se
debe evitar a ningún hombre como impuro».
Pero, dentro de
esta solidaridad encerrada en los límites del pueblo elegido, había otras más.
La primera era la
de la familia, en el sentido amplio de la palabra. Los vínculos de la sangre tenían un peso muy
grande en aquellos pueblos. Cada uno tenía que defender a cualquier miembro
de la familia como a sí mismo. La ofensa que se hacía a uno se consideraba como
hecha a todos y cada uno de sus miembros.
Esto los contraponía, necesariamente, a los miembros
de los otros grupos. Era una especie de identificación corporativa por
contraposición a otras identificaciones corporativas. Y las posturas que
derivaban de ahí eran muy parecidas a las de la familia.
Por lo que nos
dicen los evangelios podemos deducir que Jesús, que da tanta importancia al valor de la solidaridad en orden al
reino de Dios, toma en cambio posturas muy críticas frente a las que hemos
mencionado. Deja entrever que este tipo de
solidaridad cerrada es un verdadero antivalor para el reino.
Lo deducimos en
primer lugar de la actitud que toma personalmente hacia su misma familia.
La breve narración
de Mc 3,31-35 es muy significativa en
este sentido: «La madre y los hermanos de
Jesús habían venido al lugar donde se
encontraba, pero se habían quedado fuera y pidieron que lo llamasen. En aquel
momento había mucha gente sentada alrededor- de él. Le dijeron.- "Tu madre y tus hermanos están aquí fuera y te
buscan". Jesús respondió:
"¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?". Miró después en
torno y observando a la gente sentada a su alrededor, dijo: "Mirad: estos son mi madre y mis hermanos. Porque
si alguno hace la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana y mi madre"».
No se debe
interpretar este párrafo como un rechazo de sus parientes por parte de Jesús.
Es muy verosímil que amase tiernamente a los suyos y, sobre todo, a su madre,
tanto que, si atendemos al relato de Juan, al morir se preocupó de confiarla «al discípulo al que amaba» (Jn
19,26-27).
Lo que en cambio rechaza es la actitud cerrada que ellos
manifiestan tener en aquella circunstancia. La narración citada permite
entender que intentaron, en algún momento de su vida pública, apartarlo de ella porque pensaban que «se había vuelto loco» (Mc 3,21).
Una idea parecida
se encuentra en otros textos que en sí
mismos suenan muy duros, pero que hay que entender en su justo sentido. Por
ejemplo, el que enuncia, según los evangelios, algunas condiciones del que
quiera seguirlo: «Si alguien se viene
conmigo y no me quiere más que a su
padre y a su madre, más que a su
mujer y a sus hijos, que a los
hermanos y hermanas no puede ser
discípulo mío» (Lc 14,26; cf. Mt 10,37).
O el otro en el
que se dirige a uno al que ha invitado a seguirle, y que le pide que le permita
ir antes a enterrar a su padre que ha muerto: «Deja que los muertos entierren
a sus muertos: tú vete a anunciar el reino de Dios» (Lc 9,59-60).
Tomar estos textos
al pie de la letra y fuera de contexto sería hacer de Jesús exactamente lo contrario de lo que dicen todas las
páginas del evangelio. En cambio, adquieren sentido como testimonio de lo que propone en relación con la solidaridad:
hay que amar a los hombres y a las mujeres, en última instancia, no porque estén unidos a nosotros por
vínculos de parentesco, sino porque son hijos de Dios. Este es el vínculo fundamental que une a todos como hijos del mismo
Padre.
Podemos expresar
sintéticamente esto diciendo que la
solidaridad que exige el reino es una solidaridad
abierta a todos, sin excepción.
El único título que necesita un hombre
para ser objeto de esta solidaridad es el de ser hombre. No hay distinciones ni
de raza ni de religión ni de ningún otro género que puedan erigirse como
impedimento para ella. Sólo de este modo Dios, el Padre de todos, podrá reinar.
Más todavía: si hay alguien que deba ser objeto de una
solidaridad especial es, como hemos visto más de una vez, el más pequeño, el más débil, el último,
el que no cuenta.
LA
MUERTE EN CRUZ, MOMENTO CULMINANTE DE LA EXISTENCIA DE JESÚS POR LA CAUSA DEL
REINO
1. UN DATO INCONTROVERTIBLE
Muchos datos de los relatos evangélicos
resultan difíciles de contrastar históricamente. La fe pascual de los
escritores se ha adueñado de ellos y los ha como transfigurado.
El dato de la muerte de Jesús en el patíbulo de la
justicia romana está, en cambio, históricamente fuera de toda controversia. Nadie se
atrevería a ponerlo razonablemente en duda.
A decir verdad, hubo en el pasado quien quiso negarlo,
sosteniendo que Jesús no había muerto de verdad en la cruz, sino sólo en
apariencia. Lo que sus seguidores hicieron pasar por resurrección no habría
sido más que su reaparición en público después de haberse repuesto de las
torturas sufridas. Pero hoy nadie se atrevería a sostener con seriedad una
hipótesis parecida. Es demasiado simple.
Los evangelistas narran ampliamente este momento
trágico de la historia de Jesús. Le dedican mucho espacio (Mt 26-27,- Mc 14-15; Lc
22-2-3, Jn 1 9). Más aun: según algunos estudiosos, estos relatos pertenecen a los pasajes más antiguos de los
evangelios mismos, a su núcleo inicial.
También en estas
narraciones se capta, una vez más, el influjo de la fe sobre la objetividad
histórica. Cada uno de los evangelios
presenta matices diferentes. Van desde la presentación de la figura de
Jesús como mártir aplastado como un
gusano y abandonado por todos, incluido Dios (en el evangelio de Marcos), hasta
la de Jesús como Señor soberano que
afronta la pasión y la muerte con una solemnidad y una lucidez que sólo el Hijo
eterno de Dios puede tener (en el evangelio de Juan).
2. UN DATO MOLESTO
No es indiferente que los evangelios hablen tanto de
ello. Más aún, refleja probablemente una situación
embarazosa de las primeras comunidades cristianas. Estas creían en Jesús
como el Mesías y Salvador por mucho tiempo esperado y que por fin había
llegado, y esto las ponía en la necesidad de justificar ante los otros judíos y ante sí mismos su muerte.
En efecto, Israel
había esperado durante siglos la venida de un Mesías, un consagrado de Dios,
poderoso y lleno de gloria, que haría realidad las antiguas promesas de
salvación con la fuerza de su brazo. Realizaría las grandes expectativas del
pueblo sobre el reino de Dios aplastando a los enemigos y eliminando a todos
los que se le opusiesen. Sería como una grande y gloriosa manifestación
definitiva del poder de Dios en la historia del mundo.
Jesús de Nazaret, en cambio, al que los cristianos
proclamaban precisamente como Mesías, había
acabado su historia sumido en la más extrema debilidad. Más aún, muriendo con
una muerte realmente ignominiosa.
La cruz era en aquellos tiempos el más humillante de los tormentos que infligían los odiados
dominadores romanos. Un suplicio que se reservaba
sólo a los esclavos, y que despertaba en los ciudadanos romanos tal
repugnancia que se había convertido en un verdadero tabú: ni siquiera
pronunciaban su nombre.
El final de aquel que los cristianos
confesaban con fe y entusiasmo como Mesías era, pues, un escándalo. Escándalo sin duda para los otros judíos, como
recuerda Pablo (1 Cor 1,23) y escándalo, en cierto modo,
también para ellos mismos. Se tuvieron
que empeñar, por tanto, en darle sentido. Y lo hicieron recurriendo sobre
todo a las reservas que su fe encontraba en el Antiguo Testamento.
Sostuvieron de ese
modo que Jesús había muerto porque al fin y al cabo los profetas, según la experiencia atestiguada en el Antiguo
Testamento, habían pagado siempre con la
muerte su propio testimonio, y él, el Profeta por excelencia de los últimos
tiempos, no podía no sufrir la misma suerte.
O bien porque así estaba previsto en los planes de la
providencia de Dios. El Justo por excelencia de los últimos días tenía que
sufrir, y en forma muy intensa, los sufrimientos y las persecuciones que
debieron sufrir todos los justos que antes de él habían querido mantenerse
fieles a Dios.
O también porque él había querido ofrecer su vida en la cruz
para salvar a los hombres de sus pecados mediante sus padecimientos. Se
había ofrecido como víctima «por nosotros», «por nuestros pecados».
Probablemente con estos razonamientos no convencieron
a los muchos que no querían creer en él. Sin embargo, a algunos, sí. Por
ejemplo, a aquel ministro de la reina etíope Candaces que, según cuentan los Hechos, cuando volvía de Jerusalén hacia
Gaza, hizo que Felipe le explicase las profecías de Isaías sobre el futuro
Siervo sufriente (Is 53), y acabó creyendo en Jesús como Mesías salvador (Hch
8,26-39).
Lo que importa es
que, de este modo, los primeros
cristianos lograron darse una razón, en la fe, de la terrible muerte de su
amado Mesías, al que veneraban como Señor y Salvador. De ese modo, no
apareció ya a sus ojos como un escándalo, o un absurdo, sino como algo que
tenía su lógica divina.
3. LAS CAUSAS HISTÓRICAS DE LA MUERTE
Todo esto sigue
siendo válido. Supone, sin embargo, también un cierto riesgo: encubrir las razones históricas de la
muerte de Jesús de Nazaret. Y también, de rechazo, hacer desaparecer la
conexión entre esta muerte y su historia total.
Especialmente la
segunda interpretación, la que explica la muerte de Jesús como una exigencia
del plan de salvación, corre ese riesgo.
Aún hoy, en
efecto, muchos cristianos ven aquella
muerte casi como una fatalidad divina. Piensan que Dios, que conocía desde
la eternidad el futuro pecado del hombre, habría establecido que el Salvador
tuviese que morir en la cruz para expiarlo, es decir, para reparar la ofensa
inferida a su infinita majestad.
Era, por tanto,
inevitable que muriese de ese modo. Así, con su sangre, dio satisfacción a la
justicia divina y volvió a abrir las puertas del cielo.
Como se ve, en este modo de concebir las cosas no hay
ninguna relación entre la muerte de Jesús y su historia precedente. Se
dejan entre paréntesis en realidad tanto su intención fundamental como toda su
praxis en consonancia con ella.
Es indispensable,
por tanto, recuperar la dimensión
histórica de esta conclusión dolorosa de la historia de Jesús para
captar su sentido genuino. En pocas palabras: se debe afirmar, a partir de los
datos de los evangelios, que Jesús murió
porque su propuesta chocó contra las posiciones privilegiadas de algunos que
por eso no quisieron acogerla.
Como hemos dicho, su modo de concebir el reino de Dios era
diferente del que tenían todos los otros grupos religiosos de Israel. Proponía eliminar todo lo que se oponía a
la posibilidad de vida verdadera y completa para todos, comenzando por los
más privados de ella, y esto suponía
necesariamente un nuevo enfoque de la convivencia humana, cambiando incluso
las estructuras.
No podía reinar el
Dios que, como Padre tierno y premuroso, quería la vida para todos, si la
convivencia producía muerte, especialmente muerte para los más débiles y
pequeños.
Por eso Jesús denunció y combatió con tenacidad y
vailentía actitudes, relaciones y estructuras que se oponían al reino de Dios.
Combatió ante todo el modo legalista de
relacionarse con Dios, que hacía del hombre un esclavo y no un ser que camina con la cabeza
erguida.
Algunos fariseos se sintieron ofendidos por
aquella denuncia y oposición, según lo que cuentan los evangelios. Alguna vez
tuvieron que oírse decir que eran «sepulcros
blanqueados», «ciegos», «raza de víboras»
(Mt 23).
En el fondo hay un
hecho histórico innegable: Jesús se
opuso a la religiosidad de tipo farisaico. Ello demuestra que no podía
soportar que la relación con el Dios en el que él pensaba y vivía como «Abbá»,
pudiera vivirse en el temor y la legalidad.
Y, sobre todo, que
una religiosidad como esa se impusiera a
los demás, reduciéndolos a esclavos que viven en el miedo, cansados y
oprimidos por el yugo de la ley (cf. Mt 11,28-30).
Hay un episodio
esclarecedor a este respecto. Es el de la curación
del hombre de la mano paralizada (Mc 3,1-6).
Era un día de sábado, y según los fariseos no era
lícito curar en aquel día, dedicado por ley al descanso (cf. Lc 13,14). Pero lo que importaba a Jesús era la salud y la vida de aquel hombre, y
no la ley del sábado. Y lo curó.
Los fariseos
tenían el corazón endurecido, esclerotizado por su obtusa adhesión a la ley. Se
habían construido pesadas cadenas en el nombre de Dios, y se obligaban a
llevarlas. Y, peor todavía, hacían que las llevasen los otros. No podían
soportar a aquel hombre libre que venía a desconcertar todo con su modo de
actuar.
A Jesús le entristeció su condición. Ellos, en
cambio, «salieron de la sinagoga e inmediatamente organizaron una reunión con los del partido de Herodes para
decidir cómo hacer para que muriese
Jesús» (Mc 3,6).
Esa es una de las causas históricas de la muerte de
Jesús. Aquellos a los que fastidiaba o hasta daba miedo su modo de concebir la
relación con Dios, y la crítica a todo el sistema religioso que se apoyaba en
él, decidieron eliminarlo.
Comprendieron que o le dejaban ir adelante, y entonces
tendrían que cambiar radicalmente muchas cosas, o le cerraban el paso para que ello no sucediese. Y optaron por
esta segunda alternativa.
Jesús se oponía también a aquel sistema de
pureza legal, vigente entre los judíos, que partía el mundo en dos: lo que era puro y lo que era impuro.
Una impureza de tipo religioso, pero que tenía también implicaciones sociales
muy notables.
Tenemos una
alusión muy explícita a esta situación en la narración de Mt 7,1-23. Se trata
de una de las muchas disputas que, según Marcos, tiene Jesús con los fariseos.
La causa desencadenante, esta vez, es la conducta de algunos de sus discípulos:
«comían el pan sin lavarse las manos».
Como explica el
mismo evangelio, los fariseos hacían frecuentes purificaciones. Debían encontrarse legalmente puros para
poder realizar los actos de culto. Comer era uno de ellos. Jesús, en
cambio, y sus discípulos no parece que
prestasen especial atención a aquellas prescripciones.
Por el contrario, Jesús no sólo no se sometía a ellas, sino que las transgredía
conscientemente cuando estaban de por
medio el bien, la felicidad, la vida de alguien. Lo vemos en muchos
episodios.
Por ejemplo, en el
de la curación del leproso de Mc 1,40-42. Un leproso era un hombre
impuro, según la ley. Debía vivir apartado y estar atento para no dejarse tocar por nadie, porque con esto
volvía impuro también al otro. Ante él, en cambio, Jesús se conmueve profundamente, «le
toca» y se cura.
Pero también en el
caso de la mujer hemorroísa (Mc
5,25-34) sucede algo parecido. Esta vez no es él el que toca a un ser impuro
(cf. Lev 25,15), sino que es la mujer quien toca la orla de su
vestido y, por tanto, le contagia
automáticamente su impureza. Pero no por ello Jesús se siente condicionado.
Dice a la mujer, que tiembla al verse descubierta: «Vete en paz, tu fe te ha salvado».
Se puede deducir,
tanto de éste como de muchos otros relatos parecidos, que a él no le interesaba la ley de la pureza legal, que estaba
dispuesto a transgredirla cuando estaban en juego la vida y la felicidad de la
gente.
Y esto no podía dejar de desencadenar las iras
de los que se atenían a esta ley con gran celo.
Los hebreos
consideraban globalmente y con
desprecio a los paganos como «goyim», es decir, impuros.
Jesús había superado esa discriminación. En los relatos
evangélicos no sólo entra en contacto con algunos paganos, como en el caso de
la mujer cananea cuya hija cura (Mt 15,21-28), sino que más de una vez alaba la firmeza de su fe, contraponiéndola
incluso a la debilidad o escasez de la de su pueblo (Mt 15,28; 8,10; 13,58).
Había también conflictos globales que afectaban
a toda la sociedad de Israel, como va se ha recordado antes. Los que existían
entre los que se consideraban justos y los que se tenían por pecadores, entre
los ricos y poderosos y los pobres, entre los hombres y las mujeres. Sabemos ya que Jesús se opuso, tanto con
las palabras como con sus actos, a todas las formas de marginación creadas por
ellos.
Sus opciones ante
esos conflictos dejaban entrever claramente a quien mirase con un poco de
inteligencia, que él proponía una
sociedad organizada exactamente al revés de como era entonces. Es decir, una sociedad en la que los débiles y los
pequeños, no eran hechos objeto de exclusión o marginación, olvidados u
oprimidos por los fuertes y poderosos, sino, al revés, eran los destinatarios de una atención preferente.
Ahora bien, esto suponía necesariamente la pérdida de
la situación de privilegio por parte de los favorecidos en este conflicto.
Si querían aceptar las propuestas de Jesús, debían hacer como Zaqueo (Lc
19,1-11): renunciar a sus ventajas
injustas y convertirse a la verdadera y real fraternidad.
Pero por lo que se
puede ver en los evangelios, pocos de
ellos estaban dispuestos a hacerlo. Más bien se endurecieron en la defensa de sus intereses y decidieron eliminar al que «sublevaba a la gente» (Lc 23,2). Efectivamente, le acusaron de subversión
ante el tribunal y pidieron su muerte.
Una última
situación contraria al proyecto del reino de Dios que Jesús denunció y rechazó fue la del Templo. Era prolongación
de la tienda en la que había sido durante siglos el corazón palpitante de la
vida del pueblo. Destruido más de una vez a lo largo de su historia, había sido
reconstruido con tenacidad por el celo de los creyentes. En él estaba la «shekinah», es decir,
la presencia de Yahvé, el Dios que
los había arrancado de la esclavitud de Egipto y los había llevado a habitar en
la tierra de la promesa.
En tiempos de
Jesús era el Templo reconstruido y embellecido por Herodes el Grande el que
constituía el centro religioso de Israel. A él llegaban tres veces al año los
judíos fieles desde todas las regiones para celebrar los grandes ritos mandados
por la Ley (Éx 23,14).
También Jesús se llegó a él desde pequeño,
según el testimonio de Lc 2,21-50. Y
en Jn 7,15.28 y 10,23 se dice que enseñaba
en él, aprovechando los amplios espacios y pórticos en que se reunía la
gente.
El Templo estaba administrado por las familias de los
sumos sacerdotes. Y ellos lo habían convertido en un instrumento de explotación de la gente, exigiendo
inexorablemente, los diezmos y los demás tributos.
Además, según
muchos testimonios aun ajenos a los evangelios, existía un ruidoso comercio de animales para el sacrificio en el
patio grande del Templo.
De este modo, la casa del Dios Yahvé, el Dios que se
había manifestado inicialmente al pueblo en una acción extraordinaria
librándolo de la esclavitud y de la explotación, se había convertido en «cueva de
ladrones» (Mc 11,17). El
lugar al que se acudía a adorar al Dios de la libertad, se había convertido en
un instrumento de servidumbre, sobre todo de los más pobres y débiles, como la
viuda que recuerda Lc 21,1-4.
Así se puede explicar la reacción de enfado
que los evangelios atribuyen a Jesús. Los cuatro, aunque cada uno de un modo
diferente, cuentan el episodio de su intervención en el Templo (Mt 21,12-16; Me 11,15-18; Lc 19,45-46; Jn
2,13-16).
Según estas
narraciones, en aquella ocasión atacó
abiertamente aquel sistema que constituía una blasfemia real contra el Dios
del reino. Lo instrumentalizaba, en efecto, haciéndolo desempeñar una función
exactamente contraria a la que Él quería desarrollar: en vez de un Dios de
libertad y de vida, un dios de opresión y de muerte.
Jesús, dice Juan, «hizo
un látigo de cuerdas y echó a todos del templo» (Jn 2,15). El celo por
la casa de su Padre, la casa material, pero también la otra viva que eran sus
hijos, lo impulsó a tina acción como esa.
Esta intervención le atrajo las iras de los jefes religiosos
del pueblo: «Cuando los jefes de los
sacerdotes y los maestros de la ley
supieron estos hechos, empezaron a buscar el modo de hacer morir a Jesús. Pero
tenían miedo de él porque toda la
gente estaba muy impresionada de su enseñanza» (Mc 11,18).
Un hombre, pues, peligroso que con sus
críticas al sistema religioso instaurado en el Templo podía desestabilizar la situación. Tanto más cuanto que la muchedumbre lo admiraba. Se
hacía necesario eliminarlo. Y
así se decidió.
Son éstos los
principales motivos históricos que llevan a Jesús al patíbulo de la cruz.
Siguiendo siempre lo que nos dicen los evangelios, el primer título de
acusación que se le imputó durante el proceso ante el Sanedrín, fue, en efecto,
el de haber hablado contra el Templo (Mt 26,60-61; Mc 14,58); el segundo, ya ante el tribunal romano el que hemos
recordado hace poco de «sublevar al
pueblo» (Lc 23,2).
Son motivos
estrechamente ligados a su praxis por la causa del reino de Dios. Ha llevado
tan adelante su entrega a esa causa, que no ha dudado en afrontar también por
ella la muerte. Su amor por la vida de los hombres fue tal y tanto, que no
podía retroceder ante nada.
No se dice que él,
hombre al fin y al cabo, no haya tenido miedo de la muerte. Es interesante que
los evangelistas sinópticos, que difieren de Juan el cual prefiere subrayar la
soberana serenidad de Jesús también ante la muerte, han puesto en evidencia que
sintió tristeza y miedo ante lo que preveía que iba a suceder (Mt 26 38; Mc
14,33-34; Lc 22,44). Sin embargo, impulsado siempre por aquel deseo de «hacer la voluntad del Padre» es decir,
de realizar su reino de vida para los hombres, decidió ir hasta el fondo de su
decisión.
La cruz de Jesús
no es, pues, expresión de la fatalidad divina en la que erróneamente piensan
algunos cristianos. No es tampoco algo que carezca de nexo con todo lo que
precede en su historia. Es, en cambio, el culmen de una existencia vivida por
la causa del reino de Dios.
Por eso mismo, es
la máxima expresión de su amor por la vida en plenitud de los hombres, y
también la máxima expresión de su amor hacia el Padre. Juan atribuye a Jesús
estas palabras dichas durante la última cena con sus discípulos. «Nadie tiene amor más grande que éste morir
por sus amigos.» (Jn 15,13 ). Él lo realizó al pie
de la letra. La cruz de la infamia es su testimonio.