EL CHICO DE LAS MELENAS.
Era un programa nocturno, de
esos que incluyen variedades fáciles en las que el público aparece
permanentemente regocijado y feliz. Las canciones y los números musicales se
iban alternando con entrevistas a personajes del más variado pelaje. El
presentador, como sumo sacerdote, oficiaba una liturgia televisiva en la que
todo parecía tener un aire fresco e improvisado aunque internamente gozaba de
un cierto orden.
Anunció de pronto unas
presencias muy peculiares. Se trataba de unas personas que trabajaban de noche
metiéndose en las casas particulares para solucionar problemas de última hora.
Fue entonces cuando apareció
el chico de las melenas. Curraba el chaval en una empresa que se dedicaba a la
recogida y al reparto de paquetes. Iban contando cómo se hacía su trabajo y
-animado por el presentador- comenzó a narrar una historia que, según él, había
vivido y que contenía una buena dosis de morbo.
Contó el chico de las
melenas que una noche fue solicitado telefónicamente por una mujer para recoger
de su domicilio un paquete que tenía una cierta urgencia. Acudió el mozo a la
dirección y allí encontró a una señora despampanante que le invitó a pasar. El
paquete era un vídeo doméstico que debía presentar a un concurso televisivo.
Allí, según el narrador, la contratante le invitó a ver el vídeo y éste -oh, sorpresa- contenía imágenes bastante fuertes en los que
la buena señora se exhibía sin más vestuario que un lazo en el tobillo.
El público rió complacido y
comenzó a aplaudir enardecidamente.
La señora, continuó el
narrador, empezó a insinuarse al sorprendido mensajero y éste -muy macho, él-
se animó a echar una canita al aire viviendo una noche de trabajo cargada de
placeres y desmelenes, que su novia no conoció jamás.
De nuevo sonaron los
aplausos, gritos y vítores al chico de las melenas que aparecía triunfante en
la pequeña pantalla.
Pero la cosa no terminó ahí,
y hete aquí que al cabo de unos meses le llama la mujer fatal y le dice que
está embarazada como resultado de aquella noche apasionada. El público hizo un
silencio helado. Pero, el mozo prosiguió, la buena dama le dijo que no se
preocupara, que no pasara ninguna pena, que iba a acabar con aquel problema
abortando al fruto de aquel desenfreno. De nuevo, el público respiró tranquila
y profundamente y volvió a aplaudir, totalmente entregado al chico de las
melenas. Menos mal, pensaban, por fin el chaval podrá dormir, o echar otra cana
al aire, en paz y tranquilidad.
Alguien se atrevió a silbar,
pero el presentador oficiante le espetó : Se trata de una experiencia, únicamente de
una experiencia. Todos tienen derecho a contar sus experiencias y cualquier
experiencia merece ser escuchada respetuosamente. Y no somos quiénes para
juzgarla.
Subió el volumen de la
música y continuaron los aplausos ante el héroe de la noche, el macho
victorioso que saboreaba, relamiéndose, las mieles de su gesta.
Trastornado, como ya me
encontraba, empece a dejar volar la fantasía.
Imaginaba a Hitler, por ejemplo, apareciendo entre
vítores a contar su experiencia. Lo imaginaba explicando lo mal que le caían
los judíos, el rollo de la raza aria y todo eso. Lo imaginaba diciendo que
acabó con 6 millones. Lo suponía hablando de los gitanos y de su extraña
cultura, diciendo que por eso había decidido arrancarles la vida a 2 millones.
Pensaba en los aplausos con los que le obsequiarían en medio de músicas
grandilocuentes. Imaginaba también algún que otro silbido disconforme acallado
por el sumo sacerdote-presentador que decía “Se
trata sólo de experiencias…todo el mundo tienen derecho a contarlas…no somos
nadie para juzgar”.
Y en esta ceremonia de la
confusión, pensaba que si eres un canalla, basta con
salir en la tele para que todos te exculpen y para que la injusticia sea
reducida a una mera experiencia comunicable.
JOSAN MONTULL